La oposición que mira hacia el norte
Por Juan Luis H. González S.
En política hay derrotas electorales y hay otras más profundas: aquellas que ocurren antes de llegar a las urnas. Las derrotas morales.
Esta semana, el diputado priista Carlos Gutiérrez Mancilla ofreció una imagen difícil de ignorar por grotesca. Subió a la tribuna de la Cámara de Diputados con una gorra inspirada en la estética del movimiento de Donald Trump y una leyenda en inglés: “Make Mexico Safe Again”. El gesto podría parecer una ocurrencia más del beligerante legislador, pero no lo es. Es una postal del momento que atraviesa una parte de la oposición mexicana.
Un partido de oposición puede perder una elección y seguir siendo competitivo. Puede reorganizarse, construir una alternativa y recuperar electores. El problema comienza cuando asume que no es capaz de ganar por sí mismo y deposita sus esperanzas en que alguien más le haga el trabajo.
Este sexenio se ha distinguido por la fascinación del PAN y del PRI con Donald Trump, particularmente con su capacidad para presionar al gobierno mexicano. Cada amenaza arancelaria, cada advertencia sobre una posible intervención contra los cárteles, cada presión desde Washington encuentra eco y estridencia en estos partidos y en buena parte de la comentocracia del país.
Después de importantes derrotas frente a Morena, da la impresión de que PRI y PAN celebran que alguien, aunque venga de fuera, intente desgastar al adversario que no han podido vencer en las urnas. Y ahí está el riesgo de quemar las naves: que el deseo de debilitar al partido en el poder termine siendo mayor que la prudencia frente a una amenaza externa real. Porque Trump no es un riesgo solamente para Morena o para Claudia Sheinbaum. Una intervención, una imposición unilateral o una afectación económica alcanzarían al país, a sus empresas, a sus trabajadores y, finalmente, a la gente.
Hay, además, mucha ingenuidad en esta apuesta. Trump es volátil, contradictorio e impredecible. Puede amenazar a México y poco después elogiar a su presidenta; endurecer el discurso y mantener abierta la interlocución. Esa imprevisibilidad forma parte de su manera de ejercer el poder. Por eso resulta una insensatez convertirlo en esperanza política. Trump no es aliado de la oposición mexicana ni adversario de Morena. Es presidente de Estados Unidos y actúa conforme a sus intereses.
De este lado de la frontera se repite un fenómeno. Cuando Trump presiona a México, algunas y algunos encuentran motivos para celebrar el golpe político contra la 4T, Morena y la presidenta. Pero cuando Trump elogia a Sheinbaum, reconoce la cooperación bilateral o presume una buena relación con ella, el entusiasmo desaparece. El estruendo se convierte en silencio. Es decir, buena parte de la narrativa opositora en México depende de los dislates del presidente vecino.
Pero la relación bilateral es mucho más compleja que el estado de ánimo de Trump. Ha habido amenazas, cercanía, ataques y tensión, pero también negociación, cooperación en seguridad y conversaciones comerciales. Apenas la semana pasada, Sheinbaum informaba avances hacia un acuerdo comercial. Días después, Trump volvió a endurecer el discurso sobre México y los cárteles ante Naciones Unidas.
Esa bipolaridad quizá diga más sobre Trump que cualquier definición: con él, el elogio de hoy no garantiza el trato de mañana ni la amenaza de mañana cancela necesariamente la negociación del día siguiente.
PRI y PAN deberían tenerlo claro. Enfrentan un problema que la Casa Blanca y su inquilino no pueden ni podrán resolverles: recuperar la legitimidad perdida frente a una parte importante del electorado. Perdieron estrepitosamente en 2024 y llegarán a 2027 obligados a demostrar que pueden recuperar electores, territorio y representación. Después vendrá 2030. Trump no sustituirá esa tarea. Su desafío está aquí: volver a convencer a millones de mexicanos que dejaron de votar por ellos.
Sí, la democracia necesita opciones, contrapesos y alternativas.
México necesita partidos capaces de debatirle al gobierno el estado de la seguridad, el crecimientoeconómico, la salud, la corrupción, los derechos, etc. Pero una oposición que basa parte de sus esperanzas en los embates que vienen del norte corre el riesgo de perder de vista el territorio, las causas y los anhelos de los ciudadanos que pretende volver a representar.
Porque el problema de PRI y PAN no se resolverá en Washington ni depende de lo que Trump diga mañana sobre Claudia Sheinbaum. Se resolverá —si acaso— cuando vuelvan a entender qué ocurrió en México para que millones de ciudadanos dejaran de votar por ellos.
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